El sapukái en la garganta de un niño
Martes, 11 de mayo de 2010
El sapukái en la garganta de un niño


Observo al menor de mis hijos y sus travesuras me recuerdan a las de otro niño de su misma edad, seis años, cinco décadas atrás. Me complace pensar que todos ellos han podido crecer en el lugar donde vivieron sus padres, abuelos y bisabuelos y que tal vez no tengan que pensar en irse de su Iberá ancestral en busca de progresos aun cuando lo hagan circunstancialmente en pos de una necesaria formación académica.
El lugar sigue siendo el mismo: el paisaje, la fauna, la belleza no han cambiado, más bien parecen haberse acrecentado. Eso sí, nuestra música viene sufriendo el embate de la globalización pero el chamamé es mbarete y en el momento de la fiesta popular, es el único que podrá seguir haciendo vibrar el corazón con un potente sapukái. Mi sonrisa sigue firme cuando pienso que desde julio de este año mi travieso Jesús Rafael ha conseguido que su pequeño acordeón casi de juguete llene nuestras tardes de “kilómetro 11”, “El Toro”, “El Kurupi” y hasta “La Calandria”.

Siempre pensé en el chamame como un ente, como si fuera un cuerpo. Y pensaba en su alma, aquello que lo hacía diferente, hechicero, subyugante, sin duda, su aureola guaraní. Ese guaraní que está ligado a su origen,  que es la sal de sus letras, el que le confiere su justa identidad cuando hoy en día surgen chamameceros de todas las latitudes de nuestra patria grande.

¿Y nuestra lengua avañe’?? ¿Qué hicimos por transmitirla? Ahora la sonrisa ya no puede ser tal. Tenemos una deuda muy grande, que viene de muchas generaciones y no se si estaremos a tiempo de revertirla al paso que vamos.

Aquel niño travieso, el que después sería el padre de Jesús, cuando su madre lo  reprendía por alguna de sus picardías, corría a escudarse en su abuelo Ito, quien salía al cruce diciendo:

_ Peheja pe mitãme, ani pembuepoti…¡ (Dejen a ese niño, no lo castiguen).

Y esa era la escuela que recibíamos los niños: los abuelos hablando el guaraní y nosotros asimilándolo aunque no nos alentaran a expresarnos en él.

En mi pequeño pueblo de Carlos Pellegrini, año tras año, el guaraní fue perdiendo peso por múltiples y conocidas razones, siendo hoy en día una rareza escuchar a los mayores conversar en guaraní aunque todavía sepan hablarlo.

La zona correntina más conservadora del guaraní es, sin duda, la que está al oeste del sistema del Iberá, acercándose a los alrededores de la capital como Loreto, Concepción, Mburucuyá, San Luis del Palmar, constituye a mi entender el último bastión del guaraní, repitiendo las peripecias del hombre ava misionero que allá por 1820 se refugió en esa misma geografía en pos de su salvación como estirpe.

Conversando con gente de Loreto y de Concepción, me contaban que también en sus propios pueblos ya se está viviendo el proceso  entre los jóvenes que dicen “entender pero no hablar” la lengua de sus mayores.

Por suerte, una extensión mucho mayor de la provincia, la población campesina y muy especialmente aquella que está asociada a labores de ganadería, mantienen en gran medida la transmisión real, como ha sido siempre, de padres a hijos de la lengua admirada por catedráticos europeos y menospreciada sistemáticamente por la pretendida gente culta de nuestro medio.

Las iniciativas en procura de su enseñanza parecen estar a nivel más de deseos que de concreciones. Es un paso adelante pero no es suficiente. Enseñemos algo, aunque sea lo esencial, para despertar el interés de nuestros niños. Aun usando el castellano como soporte, narremos nuestras vivencias adornando nuestros relatos con palabras guaraníes y la curiosidad de los niños hará revivir ese guaraní que hoy duerme sobre el kapi’i un sueño como el del ka’u que en el trago busca el tesarái a su py’arasy por la indiferencia de sus tapicha.

El Tupã o Ñandejára me ha dado la fortuna de que a mis cinco hijos, tres mujeres entre ellos, les guste cantar o ejecutar chamamé. A cada uno les fui dando la herramienta para que algún día puedan crecer en el conocimiento del guaraní, sin imposiciones de mi parte, por inevitable mandato de la sangre. Les enseñé a leer y escribir en guaraní y a cantar letras que yo mismo voy escribiendo en el idioma de mis abuelos, el avañe’?.

No me voy sin antes dejarles esta letra en dos versiones, primero en guaraní y luego traducida al castellano, como debiera ser. Quise con ella hacer un homenaje a mi pueblo, a mi padre y a mi lengua.

Tupãsy tañanderovasa. (Que la Virgen nos bendiga)

Purahei Avañe'?
José Ramón Frete

Recitado :
Siete corrientes del río
se hicieron nombre y paje
para esta gloriosa tierra
que con takuára y  kyse
armó su brazo en la lucha
y supo ser mbarete
aunque su sangre regara
las arenas del tape.

Fue en esta tierra valiente
que un alegre pyhare
se escuchó parir al viento
y nacer el chamame,
con melodía de río
fue creciendo kuimba’e
y su voz, dulce susurro,
PURAHÉI AVAÑE’?.

Canto:

(Versión en castellano)

Eres, canto guaraní,
del chamamé su dulzura,
bello el son del acordeón
que acompaña tu sentir.

Correntino que te escucha
suelta al aire un sapukái
melodiosa es su guitarra
cuando empieza así a cantar.

Carlos Pelleguini, che tava rovy
Pa`i Julián he`ihaichaite
Oguehë nde ára repu`a hagua
Neike, che irunguéra ani pepyta.

Tupasy, nde áma, oñangarekóva
Nderehe, che táva, oiméne ovy`a
Taragui retame oiporavo ndéve
Ha omoi nde pýpe laguna yvera.

Dulce canto guaraní
con el viento vas llegando
tu compás viene alegrando
las tristezas que hay en mí.

Siempre suelo recordar
Moncho Frete, tu decir :
yo, aquí y donde sea,
chamamé quiero escuchar.

Por José Ramón Frete

Fuente: sapukai.com



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